BAR DE CARRETERA
Ponme otra cerveza, mi negra flor cubana.
Desde detrás de la barra me sonríes
con la complicidad de una noche larga: oratorio
de turbias mentiras y secretos que no sé callarme.
Retumba la voz de Sting en mis oídos
(“Ellas bailan con los desaparecidos...”)
y con espuma de cerveza
escribo sobre el mármol la vocal de tu nombre.
Sonríes maliciosa y recorre mi espalda un hormigueo
que alborota mis nervios. Sonríes
y rechazas con la cabeza todas mis proposiciones.
Eres mulata como la noche con un terrón de luna.
Tamara. Hermoso nombre para amarte en la jungla,
para raptarte y escapar a la última playa
donde la arena se confunde con tu piel y la sal acude
a bañarse con el dulce ron de tus lágrimas.
Cada noche es distinta desde este taburete.
Te cuento las mentiras que escuchas con paciencia
(apoyando tu cabeza entre las manos)
sabiendo que son mentiras y que no trato
de evitar que así lo entiendas. Necesito, Tamara,
inventarme una vida de héroe cada noche,
que escuches el hilo de las confesiones
que te entrego en turbios fascículos
desde mi frontera de cliente habitual.
Y sonríe, sí,
cuando te diga que te amo desde el primer trago,
que bebo esta cerveza a tu salud, porque es negra
y amarga como la soledad que me aprisiona
cuando cierras el local y me despides
con un tímido beso y un turbio jornal de promesas.
Ponme otra cerveza, oh negra de mi dolor.
Sonríe mis mentiras, pero no leas en mis ojos.
Imágen: Alcohol, Paz Cornejo
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