Revista de creación artística y literaria

16 de julio de 2009

ANA PATRICIA MOYA


E L S Ú P E R H O M B R E

Menos mal que el guión es repetitivo: llego a casa del semental, suelto la típica excusa, me quita la ropa, me soba las tetas, se la chupo, me penetra, me encula y al final, se corre en mi jeta. No tengo talento como actriz – estudié Filosofía y Letras -, pero follo de maravilla: eso es lo realmente importante de la profesión pornográfica. Después de dos horas de duro trabajo, toca descansar porque tengo el culo y el coño escocidos: me ducho con agua calentita, me pongo mi albornoz, me siento en mi cómoda silla e intento relajarme leyendo a Nietzsche. Mis compañeros de rodaje se parten el culo de risa cuando me ven con el tocho en las manos, y el director de esta película de muy bajo presupuesto, mi jefe de hoy, me dice que no debería creerme esas comeduras de coco, pero es que a mí me encanta el pensamiento del alemán loco. Retomo la lectura en las páginas sobre el asunto del súper hombre. Y, joder, que gran razón tenía Nietzsche. El súper hombre no es ninguno de estos tíos de increíbles músculos tatuados y enormes pollas. El súper hombre es mi padre: el pobrecito tiene que aguantar que su única hija trabaje de profesional del porno para poder pagar la puta hipoteca de ese miserable piso en el que vive toda mi familia.

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