
PLAYAS DE INVIERNO
Porque la orilla es el origen del horizonte,
porque las huellas sobre el mar no forjan destinos,
porque siento en el pecho el imán de las gaviotas.
Por esto
y porque no miro a las nubes
como espectadoras de mi vida,
las azules mañanas claras de la costa que soy
tienen presente el pasado
- ola que, incesantemente, muere a mis pies -
para no caer en un futuro
- horizonte que invita a vivir contra corriente -
atenazado entre zarpas optimistas,
esperanzas nocturnas,
vanidades ebrias,
o amores mal soñados.
¿Por qué nacen vírgenes las noches
para ser jodidas por la soledad,
rotas las manos insomnes
por no agarrar el verbo amar?
Por no herir,
propósito digno de quien se sabe herido.
Por claudicar
ante el silencio, la quietud y la tristeza.
Por ser y vivir
como una línea paralela
que, a través de la oscuridad,
sabe de la sed tragicómica
que padecen las páginas en blanco.
Porque la orilla es el origen del horizonte.
Porque las playas de invierno pernoctan enjauladas.
Por esto
y porque la deflagración estaba prevista
por el calor que me respira,
antes de morir en esta opaca veracidad
quisiera arder con la sangre que no he vertido,
quisiera alzar el muñón de mi alma
y sudar libre como una tierra abandonada.
Antes de morir quisiera ser tan hiriente como tú,
mundano y sencillo en tu felicidad de postal:
ver desde afuera, un instante, el brillo de la jaula
y exigir la piedad que duerme en cada barrote.
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